EDUCACIÓN: Prohibir el celular es fácil; educar el recreo escolar es el verdadero desafío.

El recreo escolar siempre ha tenido algo de ritual: el bullicio del patio, la risa desordenada, los juegos improvisados y las conversaciones que nacen sin guion. Sin embargo, durante la última década ese paisaje comenzó a cambiar silenciosamente. Muchos patios dejaron de ser espacios de encuentro para convertirse en una suma de estudiantes inclinados sobre una pantalla.
El inicio del año escolar 2026 volvió a abrir el debate. Diversos establecimientos educacionales chilenos comenzaron a aplicar normativas que restringen o prohíben el uso de celulares durante la jornada escolar. En algunos casos la medida se limita a las clases; en otros, se extiende incluso a los recreos. Las reacciones de los estudiantes han sido tan reveladoras como inquietantes. La pregunta que muchos han planteado —“¿qué vamos a hacer en los recreos?”— no es solo una queja adolescente. Es, en realidad, un síntoma cultural.
La dependencia a las pantallas no es una percepción anecdótica. Diversos estudios han advertido sobre los efectos de la hiperconectividad en niños, niñas y jóvenes. La OCDE advierte que el uso intensivo de dispositivos digitales se asocia a mayores niveles de distracción y menor bienestar socioemocional en el entorno escolar (OECD, 2023). En la misma línea, informes de UNESCO señalan que la exposición constante a pantallas puede generar patrones de uso compulsivo que afectan la concentración, la convivencia y el desarrollo socioemocional de los estudiantes (UNESCO, 2023).
Desde esa perspectiva, lo que algunos estudiantes viven hoy como una suerte de “abstinencia digital” no debería sorprender. Durante años el sistema educativo permitió que los celulares colonizaran silenciosamente los patios escolares. Lo preocupante no es que hoy falte el teléfono; lo verdaderamente inquietante es que muchos jóvenes no sepan qué hacer sin él.
Aquí emerge un desafío que la escuela chilena no puede eludir. La restricción del celular no puede quedarse en la lógica de la prohibición; debe abrir una nueva responsabilidad pedagógica. Recuperar el recreo como espacio educativo exige que los docentes asuman un rol activo como arquitectos de experiencias escolares. No se trata de controlar el patio ni de programar cada minuto, sino de volver a imaginar la vida escolar: juegos colectivos que convoquen, desafíos lúdicos que despierten la curiosidad, espacios de conversación que fortalezcan los vínculos, iniciativas deportivas o creativas que inviten a moverse y compartir.
La evidencia educativa muestra que los espacios de interacción informal favorecen el desarrollo de habilidades sociales, la regulación emocional y la construcción de vínculos entre pares (OEI, 2022). Cuando estos espacios desaparecen, también se debilita una dimensión fundamental del aprendizaje: aprender a convivir.
Por eso, el recreo no puede seguir siendo entendido como un simple descanso entre clases. Es, en realidad, un territorio pedagógico olvidado. Y en ese territorio los profesores no son meros supervisores del patio; son quienes pueden diseñar las condiciones para que los estudiantes vuelvan a experimentar la alegría de encontrarse sin mediación digital.
La discusión sobre los celulares en las escuelas no debería centrarse únicamente en prohibir o permitir dispositivos. El verdadero debate es más profundo: qué tipo de vida escolar queremos construir.
Si el recreo se transforma en un espacio vacío, la prohibición fracasará. Pero si logramos recuperar el patio como lugar de encuentro, juego y conversación, habremos dado un paso silencioso pero decisivo para reconstruir la convivencia escolar.
Porque quizás el problema nunca fue el celular en sí mismo. El verdadero problema es que, durante demasiado tiempo, olvidamos enseñar a nuestros estudiantes algo esencial: cómo volver a encontrarse cuando la pantalla se apaga.
Por Juan Pablo Catalán, académico e investigador de Educación UNAB.
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