Estudiar una segunda carrera en la universidad ¿Estabilidad o vocación?

¿Por qué seguimos llamando “segunda carrera” a aquello que, para muchos, es la primera decisión realmente propia? La pregunta incomoda porque revela una falla estructural del sistema educativo chileno: durante décadas, estudiar fue un acto de subsistencia, no una búsqueda de sentido.
A los 17 años se nos pidió elegir rápido. Elegir bajo presión. Elegir pensando en el sueldo, en la empleabilidad, en no fallar a la familia. Muchos estudiaron lo que daba estabilidad, no lo que encendía vocación. Se estudió para sobrevivir, para traer ingresos al hogar, para cumplir expectativas heredadas. No fue una elección libre; fue una decisión urgente.
Con los años, esa urgencia pasa la cuenta. Hoy, miles de personas adultas regresan a la universidad para cursar una segunda o tercera carrera. No porque hayan fracasado, sino porque comprendieron algo esencial: estudiar para sobrevivir no es lo mismo que estudiar para vivir. Cambiar de rumbo no es debilidad; es lucidez tardía. No fracasa quien corrige su camino; fracasa un sistema que obliga a decidir el destino demasiado temprano y castiga a quien se atreve a rectificarlo.
La evidencia internacional respalda esta lectura. La UNESCO ha señalado que el aprendizaje a lo largo de la vida es una condición central para el desarrollo humano, la cohesión social y la democracia, especialmente en sociedades marcadas por la incertidumbre laboral y vital (UNESCO, 2015). En la misma línea, la OCDE sostiene que las trayectorias educativas no lineales son hoy la norma y no la excepción (OCDE, 2021).
En este escenario, es justo reconocer y valorar a aquellas instituciones de educación superior chilenas que han comprendido este cambio de época.
Programas de prosecución de estudios, carreras advance y modelos flexibles han abierto la universidad a estudiantes mayores de 30 años, jefes y jefas de familia, trabajadores con historia, con cicatrices y con sueños postergados. No llegan vacíos: llegan con experiencia, con sentido y con una profunda motivación por ser felices y aportar a la sociedad desde lo que siempre quisieron estudiar.
Estos estudiantes no son “casos especiales”. Son el rostro de una nueva universidad. Una universidad que entiende que aprender no ocurre solo entre los 18 y los 25 años, sino a lo largo de toda la vida. El desafío es claro: las universidades deben flexibilizarse, reconocer trayectorias y valorar la madurez como un capital pedagógico, no como una anomalía.
Porque una sociedad no se transforma solo cuando forma profesionales eficientes, sino cuando permite que las personas trabajen con sentido, convicción y realización. Volver a estudiar no es retroceder. Es un acto de emancipación tardía. Y quizás ha llegado el momento de aceptar que algunas de las decisiones más importantes de la vida no se toman en la adolescencia, sino cuando, por fin, aprendemos a escucharnos.
Por Juan Pablo Catalán, académico e investigador UNAB.
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