Más allá del puntaje PAES: la familia como base invisible de la educación superior.

La publicación de los resultados de la PAES suele instalar una escena reconocible en miles de hogares chilenos. Alegrías contenidas, silencios densos, expectativas que se reordenan. No es solo un puntaje lo que aparece en la pantalla: es el inicio de una transición profunda hacia la educación superior, una etapa que exige autonomía, pero que no debería vivirse como un salto al vacío. En ese umbral, la familia sigue siendo un actor decisivo, aunque a menudo invisibilizado.
En el debate público persiste una confusión peligrosa: se equipara autonomía con distancia y madurez con desvinculación. Bajo esa lógica, el ingreso a la educación terciaria vendría acompañado de un retiro tácito del acompañamiento familiar. Sin embargo, la evidencia reciente cuestiona con fuerza esa premisa. La UNESCO ha advertido que la permanencia y el bienestar estudiantil en la educación superior dependen, en gran medida, de redes de apoyo socioemocional consistentes, especialmente durante los primeros años (UNESCO, 2022). La autonomía no se construye en soledad; se cultiva desde vínculos estables y significativos.
El primer año de educación superior suele ser un territorio de alta exigencia y escasa contención institucional. Cambian las reglas, se diluyen los marcos protectores de la escolaridad y se intensifica la presión por “no fallar”. La OCDE ha señalado que el abandono temprano responde menos a déficits académicos y más a la sensación de desarraigo, particularmente en estudiantes de primera generación (OECD, 2023). Cuando la familia interpreta la autonomía como ausencia, el mensaje que recibe el joven es claro y riesgoso: ahora estás solo.
El acompañamiento familiar, en este contexto, no debe confundirse con control ni con sobreprotección. Su función es pedagógica y ética: ofrecer presencia sin invadir, orientar sin decidir por el otro. Implica conversar más allá del rendimiento, interesarse por el bienestar emocional, ayudar a organizar la vida cotidiana —tiempos, finanzas básicas, hábitos— y, sobre todo, legitimar el error como parte constitutiva del aprendizaje adulto. La investigación contemporánea en psicología educativa muestra que el apoyo familiar percibido fortalece la autorregulación, la persistencia académica y el compromiso con los estudios (Furrer et al., 2021).
Existen gestos simples que marcan diferencias profundas: sostener espacios de conversación, evitar reducir la experiencia universitaria a notas y créditos, reconocer avances invisibles, promover redes de apoyo y recordar que un semestre complejo no define una trayectoria vital. La familia no es una extensión del aula, pero sí una base segura desde la cual explorar un sistema educativo más impersonal y demandante.
Cuando la PAES ya quedó atrás, comienza el verdadero desafío formativo. La educación superior exige autonomía, responsabilidad y toma de decisiones, pero nunca debería exigir soledad. Si se aspira a formar jóvenes críticos, reflexivos y comprometidos con su proyecto de vida, el acompañamiento familiar no puede retirarse justo cuando más se necesita. Porque ninguna transición educativa se sostiene cuando el estudiante siente que cruzó la puerta solo.
Por Juan Pablo Catalán, académico de Educación UNAB.
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